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Domingo, Diciembre 17, 2017
   
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Transmitiendo la Fé

Transmitir la fe a los hijos es enseñar las doctrinas del creador, sus mandamientos y preceptos; la importancia de éste en nuestras vidas y toda la información necesaria para iniciar el camino de fe.

Instruir a los hijos en la fe es alimentar y fortalecer su espíritu. Los padres somos responsables de administrar las vidas que Dios nos da en custodia, de nosotros depende el encuentro del nuevo ser con su creador.  Así como es un deber para los padres, cuidar, alimentar y educar a los hijos, resulta indispensable proporcionar el alimento espiritual por medio de la transmisión de la fe.

Es importante educar a los hijos con valores éticos y morales que son los que le ayudaran en su vida adulta a tomar las decisiones correctas.

La fe y el conocer a Dios es la mejor herencia o legado que podemos dejar a nuestros hijos, ya que al momento de dejar el hogar de sus padres, si le hemos enseñado de Dios, él será su compañero y su refugio hasta el final de sus días.  

Dentro de los valores que recomienda enseñar el Papa Juan Pablo II en su encíclica "Familiaris consortio" a los hijos, se encuentran: la comprensión, tolerancia, perdón, y la reconciliación. Todos en vista del mandamiento principal que nos dio Jesús, "Amar a Dios sobre todas las cosas y a su prójimo como a uno mismo". Mediante el amor a los demás somos capaces de perdonar y pedir perdón, de tolerar y soportarlo todo; comprender y apoyar a los demás. Si entrenamos nuestros hijos en estos valores desde su infancia les será más fácil la práctica en la adultez. 

Crecimiento y desarrollo de los hijos.

Los niños, a la vez que crecen «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres», Lc 2, 52 serán una preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar y para la misma santificación de los padres. Los padres se santifican cumpliendo con su deber al educar a los hijos en la fe, procurando predicar con el ejemplo las virtudes propias de la fe; congregándose en grupos religiosos y viviendo según los preceptos que Dios nos da.

 En la encíclica "Familiaris consortio" (acápite 135 y 136) nos dice: las familias cristianas dan una contribución particular a la causa misionera de la Iglesia, cultivando la vocación misionera en sus propios hijos e hijas y, de manera más general, con una obra educadora que prepare a sus hijos, desde la juventud «para conocer el amor de Dios hacia todos los hombres».

Los Padres cristianos como Maestros de oración

Los padres cristianos tenemos el compromiso de enseñar a los hijos las oraciones, plegarias y sacramentos propios de la iglesia; así como también el descubrimiento continuo del misterio de Dios y la conversación personal con él a través de la oración. En el acápite 151 de la encíclica "Familiaris consortio" nos dice «Sobre todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y a adorar a Dios y a amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo».

En la reunión de obispos (Sínodo) celebrado en Roma del 26 de septiembre al 25 de octubre de 1980 se trató en efecto que la familia cristiana es la primera comunidad llamada a anunciar el Evangelio a la persona humana en desarrollo y a conducirla a la plena madurez humana y cristiana, mediante una progresiva educación y catequesis.

Mediante el testimonio de fe de los padres, los hijos aprenden a orar a Dios, rezando en familia el padre y la madre ejercen su propio sacerdocio real mientras enseñan a sus hijos el testimonio vivo de la fe. Lo que produce huellas profundas en los corazones de los hijos que los acontecimientos de la vida no logran borrar en la edad de la adultez.

Efectivamente, en cuanto comunidad educativa, la familia debe ayudar al hombre a discernir la propia vocación y a poner todo el empeño necesario en orden a una mayor justicia, formándolo desde el principio para unas relaciones interpersonales ricas en justicia y amor.