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Martes, Octubre 24, 2017
   
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El Crucificado Resucitado


A la altura del Segundo Domingo de Pascua, a tono con la liturgia de la comunidad eclesial
que invita a vivir la alegría y el gozo de la Resurrección, me llega la noticia del drama familiar de una maestra cercana.
Su esposo muere ahogado.

En un momento, las olas de la playa hicieron difícil el que sus hijos salieran
y él se tiró con todo y ropa al rescate. Una vez que los sacó a la orilla, otra persona desconocida pidió auxilio.
No había bien salido cuando regresó de inmediato por el otro.
Lo pudo empujar y ayudar. Él se hundió. La maestra y su hija mayor de 16 años, lo arrastraron a la orilla ya sin vida, después de exhaustos esfuerzos infructíferos.

Despojo dramático!
Vacío, dolor, desconcierto!
La razón se detiene jadeante, absorta, perdida.
No puede descifrar, entender, describir.
El aliento corre apenas si puede gritar.
Las entrañas y el costado parecen reventar traspasados de súbito.
Las manos parecen clavadas a martillazos de impotencia.

El sarcasmo de mi amigo ateo me replica que mi dios no intervino porque estaba ocupado celebrando la resurrección de su hijo con el grupo de doñas piadosas de la parroquia.

Me dispongo a orar y a intentar seguir el llamado de San Pedro de dar razón de nuestra Esperanza (1 Pe 3, 15).

No, el modo de proceder de mi Dios, no es el de la milagrería que rompe con las leyes y el orden de la autonomía de la creación, de todo lo real.
Ni es la avasallante intervención posesiva de un poder externo que subyuga la libertad del ser humano.
No convoca a su pueblo a una cita, para deslumbrarlo con poder extraordinario que los obligue a caer en tierra temblando para que se arrepientan los injustos dándose golpe en el pecho.

El Dios que se reveló en Jesús, evita la tentación de tirarse del alero del templo para que sus ángeles lo recojan en el aire y demostrar de manera fantástica que tiene poder.

El Dios que se reveló en Jesús, es uno que - como diría el Maestro Benjamín Gonzalez-Buelta, sj. - para que su infinitud no nos espante, se regala en el don en que se esconde.

Es un Dios que manifiesta su Grandeza en su Humildad y en su Amor, gratuitos e incomprensibles.
Se manifiesta en el regalo de una inconmensurable diversidad natural, en el milagro discreto de una obra de arte que inventa la belleza y el color inimaginables.

Se manifiesta en el regalo del libre albedrío, corazón de afectos, voluntad y raciocinio, a su criatura más fina, el ser humano, para que establezca con Él una relación de permanente diálogo en plenitud de amor respetuoso y gratuito, y en calidad de co-creadores con Él y en Él. Sin trampas, sin libro de la vida escondido en el que todo está escrito de antemano de manera inapelable como destino funesto y cruel.

Se manifiesta como un Padre/Madre que se enternece por sus hijos e hijas, y que quiere que nos tratemos como hermanos y hermanas, como una sola familia.

Se manifiesta en Jesús, como un Dios solidario, que se abaja, se despoja de su rango y se hace uno de tantos, nacido en suma pobreza, para enriquecernos a todos y todas con la clave de la felicidad y la vida en abundancia.

Dedicarse a servir y no a ser servido, a dar amor sin condiciones, a romper esquemas esclavizantes y discriminatorios.
En este misterio de la encarnación, Dios reafirma que cree en la condición humana con sus limitaciones, en su historia, en su bondad y capacidad de construir un reinado de paz y justicia, en la que nadie pase necesidad.

En Jesús, que es la Palabra de Dios definitiva, su Sabiduría Encarnada, nos habla que no hay señal de amor más grande, que aquél que da la vida por sus hermanos y hermanas como la dio Él en la cruz.

Y desde entonces, no existe sufrimiento humano que no pueda encontrar en la contemplación de la pasión, crucifixión y muerte de Jesús, identificación solidaria, fortaleza y redención.

Más aún, la profunda certeza de que la muerte y el dolor no tienen la última palabra. El Padre Dios lo resucitó de entre los muertos al tercer día, cuando se creía que todo había fracasado, que todo se había consumado.

El crucificado no está entre los muertos. Ha resucitado! Va delante de nosotros en la cotidianidad ordinaria de la vida donde lo hemos de ver (Mc. 16, 6-7).

Es el de heridas de clavos en las manos y de costado traspasado que se consagra, ofrece y se abandona total y absolutamente al Padre,
quien será Resucitado, despertando a una vida radicalmente nueva en un suave y apacible amanecer que despeja para siempre la oscuridad de la noche,
brotando una alegría serena a través de un rostro sufrido. Como el de los crucificados de la tierra que luchan con esperanza y fe por un mundo mejor para ellos y para los otros.

 

Por:  Henry Rosa Polanco